jueves, 9 de julio de 2009

Confesiones de Invierno

La calesita giraba para felicidad de los niños. Yo me limité a observarlos con ojos de melancolía, pensando en esa infancia que te mantiene inmune a ciertas tristezas. (Estaba nublado mentalmente. Anteriormente padecía un estado similar, pero con más conciencia). Mi cuerpo permanecía tan tieso como el banco que me sostenía. Tenía mucho tiempo para pensar, y de hecho lo usé, pero llegado un momento mi paciencia solitaria dijo basta. Cansado de exhibir al público mi rostro derrotado, decidí emprender la retirada. 
Fue allí cuando comencé a dar pasos que se multiplicarían por miles. La fresca tarde no ayudaba, más bien acompañaba a mi paisaje gris, alimentando las chances de resfrío. Se me notaba re colgado. Desde un lugar recóndito de mi interior temía cruzar la calle guiado por una falta de prevención que resultara fatal para mi vida. Pero hoy no ando con suerte, así que eso no va a pasar. Superando el original punto de llegada, extendí la caminata varias cuadras más, agregando confusión a mi cabeza. 
Te aviso que si me ves venir con la mirada apuntando al piso, olvidate que te registre: es probable que mi ubicación espacial y temporal se encuentre en Marte. Tal es así que una amiga fue víctima de mi flash y me reprochó no haber advertido su presencia en la puerta del departamento. Tuve que retrotraer la jugada para saludarla como correspondía. Cumplida la convención social, seguí para adelante, pero no había mucho más que ver. Lo que realmente necesitaba se escondía en otro sitio, a kilometros de aquí. 
Mejor me vuelvo, quiero estar más cerca de su calor.

3 comentarios:

Chica de oro dijo...

muy lindo relato che!! ideal para enamorados jeje

Fede dijo...

Se hace lo que se puede (?)

Fede dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.