Por la tarde siempre sonaba el tiembre en casa. A la hora de la siesta no aparecían, casi, ya que siempre asomaban sus cabezas cuando yo estaba en plena merienda, mirando Magic Kids.
Dragon Ball, A jugar con Hugo, Nivel X, buenos tiempos aquellos. Estaba Menem en esa época, sí, pero qué carajo me importaba.
Riiiiiiing. No eran vendedores ni testigos de jehová, se trataban de los pibes del barrio. Algunos recién salidos de la escuela, todavía con el guardapolvo puesto, no decían ni "hola", solamente preguntaban: "¿salís a jugar?". La respuesta es fácil, diría Massacre.
Sería falso decir que Francia '98 inspiró el picadito diario. Poco antes del Mundial, cuando todavía estaba mi vecino de enfrente, la pelota también dijo presente. Oscurecíamos junto a ella en la calle. Nuestras madres no sabían qué hacer para meternos adentro, ese feo momento de despedida costaba asumirlo. Había que esperar hasta mañana para vernos nuevamente las caras. Mientras tanto, ducha, cena y a la cama.
Después de tantos partidos entre nosotros, armamos algo distinto. Una especie de clásico del domingo, contra un combinado de pibes que vivían a una cuadra de la nuestra. Cualquier semejanza con Springield vs. Shelbyville, mera coincidencia.
Creo que en ese enfrentamiento pseudo amistoso existía un sentido de pertenencia. Nosotros representábamos a la calle Larcamón, mientras que ellos defendían a la que corta dicho Teniente, siendo más precisos, Jorge Miles.
El primer chico lo jugábamos de visitante, con la cancha en bajada. Pese a esta deficiencia, los muchachos de George Miles le pusieron color al cotejo con unos arquitos de caño, pipí cucú. Mucha amistad, pero después nos pasaron por arriba. Fuimos un desastre. Yo pifié
un gol abajo del arco, ligando un merecidísimo coro de puteadas. Igual, la culpa era de todos. Post derrota, nos parecíamos a esto.
jueves, 10 de junio de 2010
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